DE LAS AGUJAS DEL RELOJ
Un antiguo reloj sobre la pared de la sala de estar y el anciano de la luenga y cana barba empuña con dignidad su bastón. Asomado a la ventana, cautivado por lo maravilloso, contempla cada día la naturaleza y sus colores. Su horizonte es amplio, se extiende allende las montañas y alcanza el mar, pero aquel encanto es abruptamente interrumpido por la caótica realidad urbana, propincua a su vivienda antigua.
Reina el silencio en aquella calma doméstica de evocaciones y sus ojos cada vez más cansados y secos de lágrimas, se velan de nostalgia. La nostalgia de un pasado cifrado en el magnífico cuadro de la familia, puesto en el centro de una cómoda, entre los ganchillos de la mujer amada, la que hizo felices y encantadoras las horas de su vida. En la estancia de los recuerdos cada objeto es un tesoro puesto celosamente a resguardo del polvo y superviviente de las intemperies de la soledad. La pertenencia a aquéllos recuerdos que lo reportan atrás, le devuelven los acontecimientos, la gente y los protagonistas de una historia antigua, en la cual los valores de la sabiduría eran firmes y perennes.
Se está haciendo tarde en las paredes de la soledad y el sol ya va de vencida.
El incesante avanzar de la máquina se confunde con el sucederse de los temores y de las ansiedades que en la marchita mente afloran, como los fiordos lo hacen de las aguas glaciares... El balance de una vida está pronto a cumplirse y emerge, lento y nítido, entre los blancos pliegues del alma; aquel viejo sabio, surcado por las arrugas del sufrimiento, llegó al fin de su peregrinaje: dejó todo sus haberes a la caducidad del tiempo, y entregó el tesoro de su testimonio, eterno e inestimable, a los venideros
La hora de la Misericordia, invisible en la página del almanaque, señala la partida, levanta de las miserias, sana las heridas. El alma que en ella confía, se eleva a Dios.
Francesca Bonadonna
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